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El Jesús de Pablo

Escrit per: Javier Velasco Arias
Pablo, conocido como el Apóstol de los gentiles, es un enamorado de la persona de Jesús. Él que un tiempo fue perseguidor de los seguidores de Jesús, como reconoce en varias ocasiones en sus cartas, se convertirá en su más insigne predicador:
Soy indigno del nombre de apóstol, por haber perseguido a la Iglesia de Dios (1Cor 15,9)
Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres (Gal 1,13-14)
En cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia (Flp 3,6)
También Lucas, en los Hechos de los apóstoles, lo presentará como perseguidor del movimiento de Jesús (Hch 9,1; 26,9-11).
Una experiencia extraordinaria cambió radicalmente la vida de Pablo: tuvo un encuentro personal con Jesús resucitado. Un encuentro con Jesús, el Señor, que influyó decisivamente en su vida. Este acontecimiento es narrado en tres ocasiones, con ligeras diferencias, por el autor de los Hechos de los apóstoles (9,1-19; 22,6-16; 26,12-18), y Pablo, con frecuencia, alude a este momento decisivo en sus cartas.
Y después de todos se me apareció a mí, como si de un hijo nacido a destiempo se tratara (1Cor 15,8)
Menciona cómo él también ha tenido la experiencia de Jesús resucitado, una experiencia similar a la vivida por los apóstoles y por los discípulos más próximos de Jesús. Una experiencia, afirmará, «a destiempo» (literalmente: como a un abortivo), pero que posibilitará que el mensaje de Jesús llegue hasta los confines del mundo conocido.
Cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles... (Gal 1,15-16a)
Pablo habla de su llamada, de la revelación particular que ha recibido, por pura gracia de Dios, que lo faculta para evangelizar a los gentiles, y cambia definitivamente su vida.
Es consciente, y así lo recordará a los destinatarios de sus cartas, de que es apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios (Rm 1,1)
Su experiencia particular tiene como objeto a Cristo, que se convertirá en el centro de su existencia y de su predicación. Por eso cuando algunos cuestionan su ministerio, se defenderá exclamando: ¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor? (1Cor 9,1)
El Jesús que Pablo predica y del que escribe en sus cartas
Es verdad que Pablo tuvo una experiencia única en la revelación que se le concedió cerca de Damasco, pero también es cierto que lo que él hizo, a partir de esta vivencia, fue unirse al movimiento cristiano existente, a la Iglesia de Dios, como le gusta denominarlo (cf. 1Cor 1,2; 10,32; 11,22; 15,9; 2Cor 1,1; Gal 1,13; etc.), donde ya había apóstoles antes que él (cf. Gal 1,17).
En todos sus escritos se descubren huellas del kerigma primitivo, de la primera predicación común, de la liturgia, de himnos, de confesiones de fe, de términos catequéticos y teológicos, etc. de las primitivas comunidades cristianas. El Jesús de Pablo es el mismo Jesús de los evangelios y de la predicación de la primera comunidad.
Pero, como es habitual, Pablo acentuará de manera especial algunos aspectos (como lo harán cada uno de los evangelistas y el resto de escritores neotestamentarios) de la vida y de la predicación de Jesús. Siempre tendrá en cuenta las necesidades y sensibilidades de las comunidades a quienes van dirigidas sus cartas, aunque nunca ocultando o disimulando aspectos del mensaje que pudiesen resultar incómodos o difíciles para él o para sus destinatarios.
En la catequesis y en la teología de Pablo sobresaldrá la predicación del kerigma, del hecho salvífico de la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo, desde la conciencia de que éste es el mensaje que él ha recibido de la comunidad eclesial, y responde a la voluntad redentora de Dios desde toda la eternidad, manifestada en las Escrituras.
Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras... (1Cor 15,3ss)
Una enseñanza que será central en toda su predicación.
Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1Cor 1,22-24)
Una predicación que puede parecer incómoda, pero que da sentido pleno al mensaje, y es la garantía de la resurrección futura de todos los que creen en Jesús.
Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús (1Tes 4,14)
Y es que la cruz de Cristo es fuerza de Dios, es la que da sentido a la predicación y, más aún, a toda la existencia cristiana: la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios (1Cor 1,18)
Esta prioridad de la crucifixión, muerte y resurrección de Jesucristo no impedirá a Pablo el fijar también su atención en la vida y en las palabras de Jesús.
Reconocerá en él a un judío, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley (Gal 4,4); su ascendencia davídica (Rm 1,3); pero, sobre todo, su obediencia radical a la voluntad del Padre y su anonadamiento (Rm 5,19; Flp 2,7s). Cuando habla del amor de donación como el mayor de los carismas (1Cor 12,31-13,13), un amor que no acaba nunca y que está siempre al servicio del otro y de forma desinteresada, está pensando, sin lugar a dudas, cómo amó Jesús. Aludirá, con énfasis, a la última cena de Jesús, al hecho de la traición y a la institución de la eucaristía (1Cor 11,23ss), a su muerte (1Cor 15,3; etc.), a la sepultura (1Cor 15,4) y a su resurrección (ibídem).

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